Yo hago, yo
digo, yo pienso, yo creo… yo… yo… Yo: con la misma brevedad que se
pronuncia este pronombre se termina conociendo a quien abusa de su uso. Sus
preferencias quedan muy bien definidas: primero yo, después yo y, por
último, yo. No cabe nadie más.
Esas personas que a todo lo que se le plantea su
respuesta empieza por yo, no alcanzan más allá de lo que
mide su nariz. Sus relatos no tienen más apertura que un yo. Lo miden todo con yo.
Aunque peor es a mí: a mí me gusta,
a mí se me ocurre, a mí me pasa… porque además les permite
colocarse por encima de cualquier otro. Sus gustos, sus ideas, sus experiencias
son absolutas.
Claro que si falsamente es capaz de traspasar su yo, en si yo estuviese en tu lugar,
yo haría, yo diría, yo actuaría… con
lo que volvemos a encontrarnos con su yo,
el que más sabe, mejor habla y se mueve.
Afortunadamente, la vida les puede hacer cambiar. Es
ese día en que se levantan, se miran al espejo y se dan cuenta de que yo es un aislado imbécil. De todas
formas, les cuesta mucho.