En la cálida noche de verano invadía
la estancia de Machado a través de su ventana una triste copla que hacía llorar
a la guitarra. Y plañían sus cuerdas con los acordes de esa melodía sin que el poeta supiese que el silencio también hace llorar.
Nacen las lágrimas de solo
sentimiento, sin necesidad de pasar por la razón. Nacen del sollozo y del gemido
solitario frente a la luna, lejana y esquiva, altiva y señora. Lágrimas
vertidas de pura pena y de vacío, de desconsuelo y dolor. Nacen las lágrimas
porque ya no queda nada más dentro.
Junto al llanto en la soledad más
profunda solo queda la única compañía de las lágrimas. No se puede ver a través
de las lágrimas, ni tampoco comprender. No sirven para eso. Las lágrimas asoman,
ruedan y dibujan en el rostro la tristeza eterna hasta que se precipitan
rendidas al lamento. Solo eso.
Cuando el alma necesita acariciar una
mejilla se transforma en lágrimas.