Si tuviésemos que señalar qué
producto norteamericano ha calado mejor por el mundo, nos llevaríamos una
sorpresa. Ni la Coca-Cola, ni sus enormes automóviles, ni siquiera el rock o el
jazz... nada de eso. Genuinamente norteamericano y exportado internacionalmente:
Superman.
El buen chico aglutina todos los valores juveniles propuestos por los
grupos más conservadores. Desde la ficción peleó contra el nazismo durante la
II Guerra Mundial, contuvo posibles invasiones extraplanetarias a lo largo de la
guerra fría, y actualmente desmonta
grupos terroristas procedentes del integrismo islámico. Además tiene plena
conciencia del cambio climático, total respeto por la biodiversidad universal
y, como signo de humanidad, también ama.
El caso es que en un principio Jerry
Siegel y Joe Shuster crearon un superhéroe, allá por 1938, un poco más oscuro,
con poderes limitados para desmontar el crimen organizado de su época. Con el
tiempo sus editores fueron dotándole de más superpoderes hasta convertirlo en
un semidiós sin ocultar cierta iconografía religiosa. Así superviviente de una
catástrofe planetaria, muerto y resucitado tras reducir al mayor enemigo del
universo es el salvador del mundo llegado de las estrellas.
La juventud norteamericana puede
decir bien fuerte: In God and Superman we
trust!